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Ahora más que nunca nos asalta la
sensación de lo efímero al advertir la irreparable desaparición
de nuestro patrimonio humano y urbanístico. Ahora que es realidad
la construcción de viviendas en el solar de la que fuera Fábrica
de San Fernando, queremos recuperar los recuerdos de José Luis,
el niño del listero que nació en la propia azucarera. Vivencias
de sus primeros años impregnadas de aquel recinto, cuyo ritmo de
vida estaba marcado por la sirena de cambio de turno de los
obreros.
La azucarera se puso en marcha en
1905* a iniciativa de varios socios, entre los que se contaba
Fernando Díaz. No se trataba de una industria de nueva planta
sino que aprovechaba las instalaciones existentes levantadas en
1881 por José Bermúdez de Castro; pero con los años el ingenio
volvería a cambiar de manos, siendo sus últimos propietarios los
catalanes Luis Plandiura y Amado Carreras.
Durante la guerra civil, la fábrica
fue gestionada provisionalmente, como tantas otras empresas, por
un comité de trabajadores. Reunidos en asamblea, éstos
decidieron ponerla en marcha, pues se hallaba cerrada desde hacía
cierto tiempo, por un cierre patronal. Las reparaciones se
prolongaron durante largos meses hasta que el ejército nacional
tomó Motril (Febrero de 1937) con lo que dio por concluida la
aventura socializadora, devolviendo la fábrica a sus anteriores
propietarios.
La posguerra no fue camino de rosas,
como puede suponerse. Restituida la fábrica a Plandiura y
Carreras ésta recuperó su actividad. De nuevo la sirena volvía a estremecer la pesada calma de la
población, ante los ojos asombrados del niño José Luis que daba
sus primeros pasos por las callejas interiores de la ciudadela
consagrada a la molienda de la caña.
José Luis, el hijo del listero,
conducía imaginarios vehículos por las intrincadas callejas,
saludando educadamente a los obreros entregados a sus ocupaciones.
El niño José Luis recuerda, entre las fisuras de su memoria, la
llegada de los obreros en bicicleta pasando bajo la artística
reja de la cancela. Pie a tierra separaban su ficha del tablero,
colgando los modestos vehículos de unos ganchos embutidos en la
pared. ¡Qué dura labor la de extraer el dulce cristal del azúcar! A
veces sucedía algún accidente, como el acaecido a Manolo, en los
molinos. En un descuido el engranaje le trituró un brazo. José
Luis llegaba en sus descubrimientos al pie de la gran chimenea
central, miraba hacia arriba el penacho de humo grisáceo y lo veía
confundirse con el cielo.
La fábrica se hallaba custodiada por
varios vigilantes a los que se sumaba una pareja de la guardia
civil. Uno de los números era bastante habilidoso con la
papiroflexia. A la hermana de José Luis le construyó, en sus
ratos libres, una casa con el mobiliario completo: mesas,
armarios, camas, tresillo… El director D. Félix Guillamón,
ingeniero y militar, dirigía la fábrica con la severidad de un
cuartel. Los trabajadores eran registrados a la salida, abriendo
sus cestos ante la vista del portero, al tiempo que eran cacheados
por la pareja de civiles. En cierta ocasión, en uno de los
registros le fue encontrada una botella de alcohol entre las ropas
a un trabajador. El castigo no se hizo esperar, propinándole los
guardias allí mismo unos golpes y siendo despedido de la empresa.
Don Felix Guillamón no necesitaba
ocultar entre sus ropas botellas de alcohol ni paquetes de azúcar.
A una orden suya dichos géneros eran cargados en su automóvil,
sacándolos cómodamente del recinto. Eran años en los que el
contrabando se hallaba muy extendido, siendo ambos productos muy
apreciados en el mercado negro. Y al ciudadano anónimo no le quedó
otro recurso que acudir al estraperlo con el que algunos se
enriquecieron en esa época de escasez y racionamiento.
Algunos transportistas, al llevar los
sacos de azúcar al puerto, pese a ser pesados a la salida, introducían en el costal un canuto de caña
hueco y punzante, extrayendo un cuarto de kilo de cada pinchonazo.
Tarea rápida y clandestina consumada en el trayecto que mediaba
entre la fábrica y el recinto portuario, recogiendo en una talega
la dulce sangría.
Y el niño José Luis, ajeno a estos
lances, con su triciclo recorriendo las callejas, en las destilerías
observaba a los operarios lavando unos bidones de alcohol, y tras
dejar atrás los depósitos de melaza, desembocaba frente a la
nave de las turbinas. Allí se empinaba, asomándose al interior a
través de unos cristales percudidos, a observar la operación de
centrifugado mediante la cual se separaba la miel del azúcar. José
Luis golpeaba los vidrios con los nudillos, era la señal para que
el contramaestre acudiera a su llamada y le proporcionara una
costra dulce como el caramelo.
El niño José Luis a veces miraba
hacia afuera y observaba, no sin cierta turbación, a otros niños
del barrio próximo bañándose en cueros en la acequia gorda que
discurría frente a la fábrica: pequeño Ganges de aguas terrosas
donde la muchachada se refrescaba en los meses de estío.
Un día presenció un espectáculo
insólito. Un hombre había ascendido hasta el punto más elevado
del contorno: la boca superior de la chimenea para instalar un
pararrayos. El intrépido equilibrista caminaba erguido sobre el
borde circular de ladrillo, como si lo hiciera por la calle Nueva
y José Luis, no pudo apartar su mirada de aquel acróbata. Toda
la mañana estuvo observando la instalación del artefacto
permaneciendo al pie de la chimenea hasta que el hombre descendió
de los cielos. Su figura era lo más parecido a la del Capitán
Trueno, héroe de un tebeo que por entonces leía con
avidez.
Pasaban las décadas y la araucaria
que plantara el Sr. Plandiura en un extremo del jardín rivalizaba
en altura con la chimenea, y abría sus ramas queriendo abrazar el
cielo. Inadvertidamente llegó la crisis del azúcar. Los motrileños
se sintieron sorprendidos por la dura realidad comercial:
resultaba más barato comprar el azúcar o melaza a Cuba o Brasil
que cultivarla en la vega como se venía haciendo desde hacía un
milenio. Y la fábrica de San Fernando viose envuelta en esa negra
maldición. Dejó de moler en 1972, abandonándose a su suerte navío
y marineros.
Día a día iba derrumbándose. El
virus de la destrucción invadió el recinto. La maleza hacía su
callada labor cegando los caminos que otrora recorriera José
Luis. Todo cuanto poseía de valor era saqueado sin piedad. Los
chatarreros y el tiempo han hecho el
resto.
Y es que nada es perenne. Lo que a
principio de siglo se edificó con vocación de eternidad, hoy
aparece derruido. Los muros, cuya fortaleza parecían desafiar al
tiempo, hoy no son sino la imagen de lo efímero. Y recordé aquel
soneto de Quevedo
“Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.”
Observo que se ha respetado la
chimenea, la que el niño José Luis admiró en tantas ocasiones.
No es mala idea la de integrar lo viejo en lo nuevo. Aplaudo la
iniciativa de conservar testimonios, vestigios de lo que hubo en
ese solar. Así los nuevos vecinos que ocupen las viviendas
sabrán que se establecen sobre el sudor, el trabajo y los
desvelos de no pocos hombres y mujeres.
Joaquín Pérez
Prados
*José López Lengo "Topónimos
de Motril"
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