El Eco
de Motril
 
                                

   Motril

DG  DiarioGuadalfeo.com

 

 

 

 

 

ARTÍCULOS

 

 

 

Vergüenza para los políticos

 

 

 

Fábrica de San Fernando, in memorian

 

 

 

Un concepto de ciudad

Un Concepto de Ciudad

No sé por qué, cualquier mengano o fulano que de la noche al día se ve ocupando un cargo público, adopta al instante un gesto circunspecto como si de un sesudo intelectual se tratara, y una actitud hierática como si de un Faraón o Dios viviente estuviéramos hablando.

También los hay zutanos que como en las Ciudades Templo de la antigua Mesopotamia, se erigen a sí mismos en Sumos Sacerdotes, únicos intérpretes de la sabiduría y únicos conocedores de los designios de la divinidad local.

Así, con el aire circunspecto, el rostro hierático o el ritual sacerdotal, los políticos de turno de  cualquier ciudad como Motril: toman decisiones en contra de los intereses generales, derrochan el erario público en monumentos incomprensibles (por lo feos y costosos), y desprecian e ignoran la participación ciudadana, así como cualquier iniciativa que no provenga de una “ocurrencia” suya.

Sólo de esta manera puede entenderse que Motril lleve décadas de espaldas a sus playas; haya borrado de su memoria al río Guadalfeo; haya permitido que su Puerto se convirtiera en el “basurero” por el que pasan todas las mercancías molestas del Sureste español; dejara expoliar y podrir gran parte del patrimonio industrial azucarero; derruyera los pocos testigos arquitectónicos que teníamos de nuestro pasado histórico; esté dejando que la ancestral vega, la hermosa, la rica vega, se esté convirtiendo en un erial plagado de ratas, culebras y construcciones ilegales; y para colmo de la estupidez, haya permitido que el Ministerio de Fomento, destruyera el Camino de la Mar, separando del núcleo de la ciudad a sus dos barrios playeros, “El Varadero” y “Santa Adela”.

¿Y todo esto por qué? Como diría Gaspar Esteva en su obra de teatro Yerbabuena: “..en la pulítica, como en las iluminaciones…, muchos bombos, muchos bombos…, y muchos bombos.”

Los hombres y mujeres que quieren dedicarse a la política municipal, deberían tener un concepto de ciudad. Un concepto de ciudad no es una lista interminable de promesas que nunca se van a cumplir. Es algo más profundo.

Para interiorizar un concepto de ciudad hace falta tener una extensa formación o una cierta experiencia; tener sensibilidad para recoger las aspiraciones de los hombres y mujeres a los que se pretende gobernar y anticiparse a sus necesidades. A partir de ahí se puede elaborar un proyecto cívico, un proyecto de convivencia y de desarrollo, y presentarlo a los ciudadanos.

Motril, como muchas otras ciudades, necesita una nueva casta de políticos, menos mezquinos y sectarios, más preparados, que se prodiguen menos en la autopropaganda y que crean en una democracia más participativa.

Antonio Reyes


Un paisaje tan bello al fondo,¡ y lo que nos ponen al frente! ¡Cómo han destrozado este camino! ¿Qué concepto tienen de lo que debe ser nuestra ciudad?


Si no tenemos en cuenta la seguridad, los ciudadanos se ven abocados a correr un serio peligro.


Una foto vale por mil palabras. Unos escombros ahogan unos lirios silvestres, mientras detrás observamos una vega abandonada y unas edificaciones que se lo van a comer todo: la vega, las playas, el paisaje, las carreteras..., y los casi 100 millones de las antiguas pesetas que valdrán los apartamentos, no están al alcance de los bolsillos de la casi totalidad de los motrileños. ¿De verdad vale la pena cambiar la vega por el cemento?


Unas aceras sin desaguaderos para el vial. Una chapuza más.


¿Alguien sabe los efectos perniciosos que causa ésto? ¿Quién corre con el coste?

¿Cuáles son las contraprestaciones para Motril? ¿Nos venden la gasolina más barata? ¿Nos han puesto un ferrocarril?

¿Y las medidas de seguridad? ¿Alguien sabe cuáles son?

¿Alguien en el Ayuntamiento conoe si existe un plan de emergencia?

FABRICA DE SAN FERNANDO, IN MEMORIAN           

  "Al niño José Luis para que nunca deje de serlo"    

Ahora más que nunca nos asalta la sensación de lo efímero al advertir la irreparable desaparición de nuestro patrimonio humano y urbanístico. Ahora que es realidad la construcción de viviendas en el solar de la que fuera Fábrica de San Fernando, queremos recuperar los recuerdos de José Luis, el niño del listero que nació en la propia azucarera. Vivencias de sus primeros años impregnadas de aquel recinto, cuyo ritmo de vida estaba marcado por la sirena de cambio de turno de los obreros.

La azucarera se puso en marcha en 1905* a iniciativa de varios socios, entre los que se contaba Fernando Díaz. No se trataba de una industria de nueva planta sino que aprovechaba las instalaciones existentes levantadas en 1881 por José Bermúdez de Castro; pero con los años el ingenio volvería a cambiar de manos, siendo sus últimos propietarios los catalanes Luis Plandiura y Amado Carreras.

Durante la guerra civil, la fábrica fue gestionada provisionalmente, como tantas otras empresas, por un comité de trabajadores. Reunidos en asamblea, éstos decidieron ponerla en marcha, pues se hallaba cerrada desde hacía cierto tiempo, por un cierre patronal. Las reparaciones se prolongaron durante largos meses hasta que el ejército nacional tomó Motril (Febrero de 1937) con lo que dio por concluida la aventura socializadora, devolviendo la fábrica a sus anteriores propietarios.

La posguerra no fue camino de rosas, como puede suponerse. Restituida la fábrica a Plandiura y Carreras ésta recuperó su actividad. De nuevo la sirena volvía a estremecer la pesada calma de la población, ante los ojos asombrados del niño José Luis que daba sus primeros pasos por las callejas interiores de la ciudadela consagrada a la molienda de la caña.

José Luis, el hijo del listero, conducía imaginarios vehículos por las intrincadas callejas, saludando educadamente a los obreros entregados a sus ocupaciones. El niño José Luis recuerda, entre las fisuras de su memoria, la llegada de los obreros en bicicleta pasando bajo la artística reja de la cancela. Pie a tierra separaban su ficha del tablero, colgando los modestos vehículos de unos ganchos embutidos en la pared. ¡Qué dura labor la de extraer el dulce cristal del azúcar! A veces sucedía algún accidente, como el acaecido a Manolo, en los molinos. En un descuido el engranaje le trituró un brazo. José Luis llegaba en sus descubrimientos al pie de la gran chimenea central, miraba hacia arriba el penacho de humo grisáceo y lo veía confundirse con el cielo.

La fábrica se hallaba custodiada por varios vigilantes a los que se sumaba una pareja de la guardia civil. Uno de los números era bastante habilidoso con la papiroflexia. A la hermana de José Luis le construyó, en sus ratos libres, una casa con el mobiliario completo: mesas, armarios, camas, tresillo… El director D. Félix Guillamón, ingeniero y militar, dirigía la fábrica con la severidad de un cuartel. Los trabajadores eran registrados a la salida, abriendo sus cestos ante la vista del portero, al tiempo que eran cacheados por la pareja de civiles. En cierta ocasión, en uno de los registros le fue encontrada una botella de alcohol entre las ropas a un trabajador. El castigo no se hizo esperar, propinándole los guardias allí mismo unos golpes y siendo despedido de la empresa.

Don Felix Guillamón no necesitaba ocultar entre sus ropas botellas de alcohol ni paquetes de azúcar. A una orden suya dichos géneros eran cargados en su automóvil, sacándolos cómodamente del recinto. Eran años en los que el contrabando se hallaba muy extendido, siendo ambos productos muy apreciados en el mercado negro. Y al ciudadano anónimo no le quedó otro recurso que acudir al estraperlo con el que algunos se enriquecieron en esa época de escasez y racionamiento.

Algunos transportistas, al llevar los sacos de azúcar al puerto, pese a ser pesados a la salida, introducían en el costal un canuto de caña hueco y punzante, extrayendo un cuarto de kilo de cada pinchonazo. Tarea rápida y clandestina consumada en el trayecto que mediaba entre la fábrica y el recinto portuario, recogiendo en una talega la dulce sangría.

Y el niño José Luis, ajeno a estos lances, con su triciclo recorriendo las callejas, en las destilerías observaba a los operarios lavando unos bidones de alcohol, y tras dejar atrás los depósitos de melaza, desembocaba frente a la nave de las turbinas. Allí se empinaba, asomándose al interior a través de unos cristales percudidos, a observar la operación de centrifugado mediante la cual se separaba la miel del azúcar. José Luis golpeaba los vidrios con los nudillos, era la señal para que el contramaestre acudiera a su llamada y le proporcionara una costra dulce como el caramelo.

El niño José Luis a veces miraba hacia afuera y observaba, no sin cierta turbación, a otros niños del barrio próximo bañándose en cueros en la acequia gorda que discurría frente a la fábrica: pequeño Ganges de aguas terrosas donde la muchachada se refrescaba en los meses de estío.

Un día presenció un espectáculo insólito. Un hombre había ascendido hasta el punto más elevado del contorno: la boca superior de la chimenea para instalar un pararrayos. El intrépido equilibrista caminaba erguido sobre el borde circular de ladrillo, como si lo hiciera por la calle Nueva y José Luis, no pudo apartar su mirada de aquel acróbata. Toda la mañana estuvo observando la instalación del artefacto permaneciendo al pie de la chimenea hasta que el hombre descendió de los cielos. Su figura era lo más parecido a la del Capitán Trueno, héroe de un tebeo que por entonces leía con avidez.

Pasaban las décadas y la araucaria que plantara el Sr. Plandiura en un extremo del jardín rivalizaba en altura con la chimenea, y abría sus ramas queriendo abrazar el cielo. Inadvertidamente llegó la crisis del azúcar. Los motrileños se sintieron sorprendidos por la dura realidad comercial: resultaba más barato comprar el azúcar o melaza a Cuba o Brasil que cultivarla en la vega como se venía haciendo desde hacía un milenio. Y la fábrica de San Fernando viose envuelta en esa negra maldición. Dejó de moler en 1972, abandonándose a su suerte navío y marineros.

Día a día iba derrumbándose. El virus de la destrucción invadió el recinto. La maleza hacía su callada labor cegando los caminos que otrora recorriera José Luis. Todo cuanto poseía de valor era saqueado sin piedad. Los chatarreros y el tiempo han hecho el resto.

Y es que nada es perenne. Lo que a principio de siglo se edificó con vocación de eternidad, hoy aparece derruido. Los muros, cuya fortaleza parecían desafiar al tiempo, hoy no son sino la imagen de lo efímero. Y recordé aquel soneto de Quevedo

“Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.”

Observo que se ha respetado la chimenea, la que el niño José Luis admiró en tantas ocasiones. No es mala idea la de integrar lo viejo en lo nuevo. Aplaudo la iniciativa de conservar testimonios, vestigios de lo que hubo en ese solar. Así los nuevos vecinos que ocupen las viviendas  sabrán que se establecen sobre el sudor, el trabajo y los desvelos de no pocos hombres y mujeres.

Joaquín Pérez Prados

 

 

*José López Lengo "Topónimos de Motril"

 

  (Inicio)

Vergüenza para los políticos

A. Reyes - Motril

 

Nada hacía imaginar hace unos meses, que para poder practicar ejercicio al aire libre, en Motril, hiciera falta jugarse la vida. “La Ruta del Colesterol”, como se había dado llamar en Motril al itinerario a pié que une el viejo y ancestral “Camino de la Mar” con el paseo marítimo del “Pelaillo”, ha sido destrozada con el consentimiento de nuestros actuales concejales (todos) y convertida en una “caja de bombas”, que puede estallar cualquier día de estos provocando una desgracia.

¿Habrá que esperar a que esto ocurra para que tengamos que organizar una manifestación exigiendo una solución rápida y digna para este entorno?
No tiene explicación, el silencio de, absolutamente todos, los grupos políticos municipales sobre este asunto, a no ser que, absolutamente todos, sean cómplices y culpables de este “desaguisado”. ¡Con todas las “sandeces” sobre las que se “enzarzan” en los plenos! Y en cambio, sobre este atentado contra Motril y sus habitantes: mutismo total.

Pero el pueblo tiene alma, y fe, y constancia, como demuestran las fotos de arriba, y continúa marcándole a los que nos gobiernan el camino a seguir, que no es otro que devolverle al propio pueblo el “Camino de la Mar”, y a ser posible convertido en un hermoso paseo que una el “Cerro de la Virgen” con el Puerto y las playas.

Y si al final, los políticos dejan huérfanos, en este asunto, a los ciudadanos, y continúen haciéndose los ciegos y los sordos: como motrileños, tendremos que decir como en los Sanfermines, “pobre de mi”. Pero, los políticos, no deben dudar, ni un solo instante, que este asunto les pasará factura, políticamente hablando, a todos.

(Inicio)