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Senderismo
Subida
a las Fuentes del Guadalfeo
Entre
dos mundos:
de Órgiva a Busquístar
La
Haza del Señor
La
Junta de los Ríos
Por
Tierrad de Aben Aboo
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POR
TIERRAS DE ABEN ABOO
Juan
Pedro Castillo |
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Iniciamos
nuestra ruta en Los Bérchules, con el objetivo de
llegar a la que fuera la finca de Aben Aboo, hoy
llamado Caserío de Montenegro.Un exquisito olor a pan recién
hecho nos acompañó mientras cruzábamos por las estrechas calles
del pueblo.El amanecer le daba un tono especial al blanco de
las fachadas. Las flores que cuelgan de los balcones ponían
una nota de color, haciendo mas agradable si cabe, nuestro
caminar.
Empieza el sendero del GR-7 con
una fuerte bajada rodeados de huertos y de árboles
hasta llegar al río. Aquí encontramos los restos del molino
de La Carihuela. Cruzamos por el puente de madera e
iniciamos la subida. Poco después llegamos a una era, donde
seguramente y en tiempos no muy lejanos era utilizada por los
agricultores de la zona. Un par de toros se encontraban cerca
pastando y dejaron su tarea para observarnos durante un buen
rato. Conocedores de la nobleza de este ganado, su mirada no
nos inquietó en absoluto. Seguimos junto a un muro de piedra
hasta llegar a un cortijo abandonado. A menos de
quinientos metros nos incorporamos a una pista de tierra para
poco después y siguiendo esta, encontramos unos chaparros. No
sin antes hacer una parada para contemplar el maravilloso
paisaje de Sierra Nevada, Los Berchules y
Alcutar con su penetrante blancura.Continuamos camino
dejando la pista que sube en dirección norte a nuestra
izquierda y atravesamos un pinar para encontrarnos con otro
paisaje totalmente diferente. Se divisa el mar por la cuenca
del río Grande de Adra. Por el valle que se abre
camino entre la Sierra de Gádor y la de La
Contraviesa. Al poco rato dejamos la pista y atravesamos
entre almendros y algunos huertos hasta llegar a la a la acequia
de la Balsa del Castillo. Seguimos junto a la acequia
hasta que, nuevamente, enlazamos con la pista: Antes de entrar
en Mecina encontramos unos corrales de ovejas y cabras.
Como era una hora temprana, todavía no habían llegado los
pastores. Tuvimos la suerte de contemplar cuatro
cabritos que habían nacido durante la noche.
Entramos a Mecina Bombarón por la Plaza Vieja, que se
encuentra en la parte alta del pueblo. Paramos a beber agua de
la fuente y seguimos bajando hasta cruzar la carretera general
para iniciar la bajada hacia El Golco. Pasamos junto a
una antigua iglesia, para encontrarnos poco después con el río
de Mecina. Lo cruzamos por la parte alta de una zona
repleta de eucaliptos. Al poco rato de seguir caminando, el
paisaje va cambiado de color. Ahora estamos en una zona de
monte bajo y de tierras grises. Un par de kilómetros después
damos vista a nuestro destino: La Cortijada de Montenegro.
Esta finca fue propiedad del último rey morisco Aben Aboo. De
nombre cristiano Diego López, originario de Mecina Bombarón.
Seguimos caminando sobre una acequia y, a poco, encontramos un
nacimiento de agua que fluye de las rocas. Nos vamos
adentrando en una zona verde y frondosa con huertos de
olivos muy bien cuidados hasta llegar a una ermita moderna,
que fue construida por algunos vecinos. Yegen nos queda
a dos kilómetros. Descanso, avituallamiento y las fotos de
rigor. No muy lejos de allí, un agricultor estaba arando con
una yunta de mulos,esta forma de labrar la tierra es todavía
habitual en Las Alpujarras. A continuación emprendimos el
camino de vuelta acompañados durante un buen trecho por el
ruido del manantial. Ahora tocaba subir y el sol brillaba
con mas fuerza, por lo que hubo que poner "ritmo de
crucero". En la Plaza Vieja nos esperaban dos caños de
agua fresquita, un poco de dulce de membrillo, un breve
descanso y a seguir subiendo. Cerca del pinar encontramos
un pastor con su rebaño. Hablamos un rato con él y nos contó
lo que ya sabemos del nacimiento de los cuatro cabritillos.Fue
una casualidad que se tratara del dueño del corral, donde
estuvimos parados por la mañana.Pronto volvimos a divisar
Los Bérchules con las inmensas vistas de la sierra,
bajamos al río e iniciamos la subida al pueblo, encontrando a
unos senderistas que iban en dirección a Mecina. LLegamos al
pueblo y disfrutamos de un par de fuentes de agua antes de iniciar
el regreso a Motril
Atrás quedaba una mañana que
estuvo llena de agradables sensaciones.
Esta etapa tuvo lugar el pasado día
14 de Marzo del presente año 2009
(Inicio) |
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LA
JUNTA DE LOS RÍOS |
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A
las 07:15 horas del 21 de Febrero del presente año 2009, nos
disponemos a tomar la salida desde Cádiar.
El termómetro marca 0 grados. En el bar de la Plaza, lleno
hasta la bandera, los trabajadores del campo toman un café
mientras llega la luz del día. Nosotros hacemos lo propio y
empezamos la marcha. Bajamos por una estrecha calle situada
junto a la Iglesia y buscamos el río. Seguimos en dirección
norte por su margen izquierdo durante algo mas de 1 kilómetro,
Narila
queda a nuestra derecha y trescientos metros después
cruzamos el río sobre unos troncos. Continuamos caminando…,
ahora por el otro margen, rodeados de frutales y de huertos. En
un momento iniciamos una fuerte subida que nos lleva al barrio
de La
Churri
en la parte baja del pueblo de Alcútar.
Encontramos una fuente que aprovechamos para refrescarnos y
tomar algo de aire durante unos minutos. A la derecha dejamos el
sendero “Vereica
Misa”
y nosotros seguimos en dirección norte hacia la parte alta del
pueblo. Nos incorporamos a la carretera asfaltada durante
500 metros. A nuestra izquierda queda la “Fuente
de Las Carmelas”.
Dicen que quien bebe de sus aguas con intención de casarse, al
poco tiempo novia tendrá. Atravesamos Los
Bérchules
en dirección Noreste pasando por la plaza vieja del
Ayuntamiento. Dejamos a la derecha el desvío del sendero GR
7,
por el que hemos transitado desde Cádiar y muy pronto llegamos
a una fuente que hay en la salida, donde iniciamos el sendero de
la Junta
de los Ríos.
Al principio encontramos algunos corrales con vacas y
huertos abandonados. Poco a poco vamos ganando altura y en las
zonas donde no da mucho el sol encontramos gran cantidad de
nieve en el camino, lo que hace que extrememos la precaución.
Llevaremos unos tres kilómetros andados y ya se divisa la “Loma
de En medio”,
que divide los dos ríos, y a nuestra derecha, enfrente, vemos
“Los
Tajos del Reyecillo”.
Dice la leyenda que desde este tajo se arrojó un rey con su
caballo, quedando en la roca para siempre marcadas sus huellas.
A lo lejos se ven las vacas pastando en lo más alto del monte.
De pronto divisamos una gran manada de cabras montesas que
cruzaron el río para perderse subiendo por los acantilados del
cerro de la derecha, según nuestra marcha. Cruzamos el río
Chico
por un puente con un portillo de ganado, que luego volvimos a
cerrar; no sin antes hacer una parada para las fotos y disfrutar
del mágico sonido de la naturaleza. Seguimos subiendo por el camino
de Lanteira,
antigua vía que recorrían los arrieros y que comunicaba Las
Alpujarras
con el Marquesado
del Zenete.
Lanteira,
la que fuera desde tiempos de los romanos, hasta hace poco
mas de 100 años, importante yacimiento de plata.
Tras media hora de recorrido, hicimos la parada reglamentaria
para el avituallamiento y recuperar fuerzas. Inmersos en nuestra
plácida tarea observamos el vuelo de un águila enorme, que por
momentos se adueñó del paisaje. Acompañados por el sonido de
las aguas del río continuamos nuestra ruta para ir a
encontrarnos con los primeros cortijos habitados de Las
Cabañuelas.
Sentada y recibiendo plácidamente los primeros rayos del sol de
la mañana nos encontramos con la señora Dulce que, con
sus casi 80 años, había subido
andando desde Los Berchules, para lavar la ropa de su hijo
que habita en un cortijo que hay a la derecha del camino.
Conversó un rato con nosotros y nos dio algunos consejos muy
importantes, sobre el riesgo de caminar en estas fechas sobre
los ventisqueros de la sierra y del largo camino que quedaba por
andar para llegar a Lanteira.
Como
teníamos previsto llegar a Motril sobre el medio día,
decidimos volver al punto de partida. En la Junta de los Ríos,
en vez de seguir el camino de ida, nos desviamos por la Acequia
Nueva de Los Bérchules,
regresando a la hora prevista y con la sensación de haber
sido protagonistas de una gran aventura.
Cuando
el tiempo lo permita y la nieve se encuentre a más altura,
continuaremos el camino hasta enlazar con el Sendero
Sulayr.
Este será nuestro próximo objetivo y también prometo
contarlo, no sin antes daros las gracias por el tiempo que habéis
dedicado a esta lectura. Hasta pronto
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J. Pedro Castillo |
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LA
HAZA DEL SEÑOR |
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El
pasado día 14 de Febrero del presente año 2009, un pequeño
grupo de amigos realizamos un recorrido por el sendero Haza
del Señor.
Saliendo
desde la Fuente de Vélez Benaudalla hacia el interior
encontramos un camino a unos cien metros a la izquierda que nos
conduce hasta la Haza del Señor. El sendero se encuentra
perfectamente señalizado por el Ayuntamiento de esta población.
Al principio hay una subida muy pendiente que se encuentra
asfaltada, después suaviza un poquito hasta cruzar por encima
de la Autovía, luego se gira a la derecha y se sigue un carril
de tierra que nos lleva durante algunos kilómetros hasta un
desvío. Este camino va girando poco a poco hacia la izquierda, hasta
que encontramos una cadena, que salvaremos por la parte
derecha, para continuar subiendo, hasta llegar a una
nueva señal del sendero. En este punto vendrá bien hacer un
pequeño descanso, antes de comenzar la subida por un camino muy
antiguo, que al parecer fue recuperado por un grupo de
senderistas o ciclistas de montaña de Vélez Benaudalla, según
cuentan algunos pastores y cazadores que hemos encontrado por la
zona. Muy pronto se empieza a notar que estamos subiendo, las
vistas que vamos teniendo son cada vez más hermosas, Vélez se
va quedando al fondo, al frente vemos la sierra de Tejeda y La
Almijara, poco a poco empezamos a contemplar la Alpujarra desde
Lanjarón hasta Capileira. El Cortijo de la Haza del Señor que
hace una hora veíamos cerca del cielo va adquiriendo otra
imagen. Sentados en una antigua era junto a la casa haremos un
recorrido con la vista y disfrutaremos de un paisaje imposible
de describir de tanta belleza como tiene.
Este
privilegio está reservado a los que de verdad aman la
naturaleza, respetan su entorno y contribuyen con su esfuerzo a
que este planeta sea más habitable.
Próximamente
seguiremos la ruta hasta el cruce de Olías, atravesando toda la
sierra por su cima y pasando junto a los repetidores de TV. y
aunque sea a mi manera, os lo contaré.
Juan Pedro Castillo |
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Mediaba
la mañana cuando por fin pudimos abandonar el todoterreno y echar pie
al suelo. Atrás quedaban casi tres horas de logística, entre la que se
incluyen descuentos de retrasos, desayunos con buñuelos y traslado de
vehículos. El lecho del Guadalfeo apenas a unos metros de su
nacimiento, tras la confluencia de los ríos Poqueira y Trevélez, es un
incesante mar de cantos rodados dispuestos en confundidas generaciones
de bloques, arenas y rocas que dan al paisaje un aspecto atormentado y
primigenio exaltado por un silencio hostil, atronado por el rumor del río
reverberado en las paredes de ese anfiteatro natural que es la Junta de
los Ríos, al este de Órgiva.
Pusimos
bota en tierra y tras pasar un puente cuya única dignidad emana de ser
celebrado en un libro antropológico de los que los foráneos escriben
sobre la Alpujarra y sus gentes, caminamos costeando una huerta con
frutales, custodiada por un espantapájaros agropop, que destaca en la
geografía árida y acarcavada, señoreada de retamas y maquis de su
entorno. Al poco comienza una ascensión de 600 metros de desnivel que
son de las que pelan las uñas de los pies. Mis compañeros atacaron la
Loma del Picacho con un embate casi furioso, con una repentina celeridad
e incluso agilidad que contrastaba vehementemente con la laxitud
mostrada en la degustación hacia apenas unos minutos de los buñuelos
del “bar Parada” de Orgiva. Me sorprendió desprevenido, debo
admitirlo, y antes de que pudiera hacer acopio de fuerzas para poder
seguir la animosa e inconsciente arrancada, los vi penetrar, voz en
grito en el Cortijo Valero, residencia de un afamado escritor, ex
batería de Génesis, y ex esquilador de ovejas. La intromisión al
estilo rústico de mis compañeros fue contestada con la réplica a la
manera británica, que es como la malafollá granaína pero con ciertos
ribetes de solemnidad y algunos ademanes mandarinescos. Nuestro obligado
anfitrión permaneció algunos minutos sobre el zaguán del cortijo,
manteniendo una solemne y apartada atención ante la avalancha verbal de
los excursionistas, a la que respondió con monosílabos y
construcciones gramaticales imprecisas, que de forma cortes animaban
claramente a que prosiguiéramos nuestro camino.
La
inicial celeridad de alguno de mis acompañantes en acometer el repecho
pronto se tornó en parsimonia y, en breve, en claudicación
inmisericorde ante la conjunción maquiavélica del plano inclinado, la
gravedad y el sol exterminador. Cuando el agotamiento parecía
inminente, y la eterna carcajada de sus perniciosos amigos estaba a
punto de estallar, topamos con el paseo de una familia de hospitalarios
vecinos de Fondales, a cuyo paso se acomodó y que, incautos, sirvieron
para desenfreno de su locuacidad y ciencia, que ocupa un reconocido y
respetado lugar en un reducido circulo de botánicos cuyos
descubrimientos tan solo resultan comprensibles para ellos mismos.
Al
fin, coronamos un viso adornado con un aljibe medieval seco. La ascensión
había sido un poco menos atroz de lo previsible y desde las alturas
contemplábamos dos mundos yuxtapuesto: Al sur, el paisaje acarcavado,
árido y gris subyugado por el sol; al norte el valle del rio Trevélez
y la Taha de Pitres, un universo húmedo, verde y nebuloso desde donde
el vaivén del viento aproximaba y alejaba los sonidos empañados de
hojas y distancia. Desde aquí una escalinata se abisma a modo de senda
robada al precipicio hasta conducirnos al fondo del valle. El descenso
es un universo de helechos y madreselvas, de alisos, castaños y nogales
que cubren con una paleta de ocres y bermellones la palidez de la roca,
salpicada, a cada poco, de la humilde magia que la luz del crepúsculo
convoca en los charcos encostrados de herrumbre y en el vaho de la bruma
que se disipa desde el rio. Lo cruzamos y pasamos casi sin importunar
por Fondales y Ferreirola en dirección a Busquístar. Junto a la senda
encontramos un hombre bajo y enérgico de rostro ceñudo y curtido, de
pelo blanco, pero de mirada chistosa y alegre, hundido hasta la cintura
en un hoyo para plantar olivos hasta la cintura. A sus mas de setenta años
nos confiesa que trabaja a jornal y que lo hace porque el trabajo es la
mejor medicina; tras invitarnos a acompañarle y tras rehusar cortésmente,
continuamos, escuchando un alarido de fondo a modo de sentencia que
procedía de su misma boca: Pues si esto es salud, que le den.. a la
salud.
Desde
las cercanías de Busquístar saboreamos como las luces de los últimos
restos de la tarde iluminaban parcialmente el fondo del valle y
recortaban contra el atardecer diferentes sucesiones de colinas y valles
en un tono azulado que sugerían vagamente el albor de los primeros días,
donde los colores recién dibujados, de matices apagados, apenas podían
brotar frente a la blanca luz del sol. El crepúsculo se estaba retirado
y la recelosa y reverberante claridad se despedía finalmente. Al
volver, una caravana de turisteros y vacacionistas nos retrasaron en la
vuelta, pero nos permitieron disfrutar de un crepúsculo de texturas
arenosas repleto de colores irrepetibles y de una noche oscura y densa
agujereada de estrellas que para nosotros queda.
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