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Motril:
oculto
"El Paisaje de la Imaginación Música para una despedida"
IES Frco. Javier de Burgos
Francisco Herrera González Acuarelista
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IES Frco. Javier de Burgos CRÓNICA
DE UN ANIVERSARIO
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Corría el Curso 1968-69, hace cuarenta años, cuando inicia, exuberante,
su andadura educativa el IES Francisco Javier
de Burgos. Los alumnos de Preu y los de 6º de
bachiller preparan un viaje
de estudios todos juntos a Mallorca para la primavera. El Curso de Preu,
con el fin de recaudar fondos, organiza una obra de teatro por
sugerencia de la profesora de francés, Gala Santamaría. Ella misma nos
proporciona el libro de Alfonso Sastre, autor de minorías que le seguían
con lealtad, nos dice. Años después comprendí
por qué; cuando supe que Sastre, autor al que cogí cierta admiración
que aún conservo, era por aquel entonces militante del PC en la
clandestinidad. De entre todas, escogí la obra “Muerte en el
Barrio” que narraba la historia de un médico sin vocación que se vio
arrastrado al alcohol y finalmente a un desenlace dramático. Me tocó a
mí elegir, porque no había nadie más dispuesto a leerse todas las
obras para tal menester. Recuerdo
que pasé a máquina de escribir las copias para los ensayos. Entonces n
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Propietario del
“Bar Explanadas” en la década de los 60 en el Paseo de las
Explanadas, actuó en numerosas obras de teatro a mediados del S. XX,
montadas por el “Centro Cultural Recreativo” de Motril bajo la
dirección de Pepe Videras.
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Diego Rodríguez Maldonado nació a principios
del s. XX, en el motrileño barrio de la Esparraguera, muy cerquita de
la que fuera la casa de María Antonia Fernández “La Caramba”. Dotado de inquietudes artísticas, desde pequeño,
se sintió atraído por la música y por el teatro. Esta vocación no le
abandonaría a lo largo de su vida, y a mediados de siglo lo vemos
participando en “rondallas” y actuando en numerosas obras de teatro
organizadas por el Centro
Cultural Recreativo de Motril, bajo la dirección de Pepe
Videras. Yo le conocía “de vista”. En mis añorados
paseos de ardorosa juventud por aquellas Explanadas de tierra, arena fina y bancos de granito
gris, no había podido menos que fijarme en la pareja de Diego y su
esposa … por el cariño y la ternura con que jugaban y transitaban
cogiendo de la mano a su “hijo del buen amor” como inmortalizó
Mercedes Garbó a los hijos que padecen algún tipo de disminución. Algunos años después, tuve la oportunidad de
conocerle personalmente. Fue a principios de los 80, recuerdo que en el
grupo de teatro “la Zoca” necesitábamos una obra, algo que fuese cómico
y espectacular, para las fiestas de agosto. Alguien dijo: -“…mi abuelo tiene un baúl lleno de obras de teatro” (era Diego Martín Rodríguez, motrileño
polifacético). - “¿Tu abuelo?”, (respondí yo), “¿A tu abuelo le gusta
el teatro?”. -” ¡Que si le gusta!”, (dijo), “Hace muchos años fue actor
aficionado, como nosotros, aquí en Motril, y ha leído y guardado
cientos de obras de teatro”. Sin perder un minuto nos pusimos en camino
hacia su casa. En el trayecto, yo tenía el presentimiento de que íbamos
a encontrar lo que necesitábamos. Había en mí una emoción difícil
de describir, iba a hablar con una persona de setenta y ocho años, que
sentía por el teatro el mismo respeto que nosotros. Me sentía arropado
y al mismo tiempo agradecido hacia a aquella persona. No, no era una
“locura” ni una “sandez” de un
puñado de jóvenes (como pensaban algunos padres de entonces);
el teatro había sido siempre un factor importante de la cultura de
nuestro pueblo de Motril, exis-tía una tradición y una continuidad. Me
acordé de las palabras de Enrique Cobo: “…en Motril llegaron a
existir seis grupos de teatro al mismo tiempo”. Me acordé también del Teatro
Calderón. Llegamos a la casa. Suena el timbre. Alguien
abre la puerta. - “… ¡Tita Marilú, que
venimos a ver si entre las obras de teatro del abuelo encontramos algo
para el grupo!” (dijo Diego). Una voz amable respondió:
-“…pasad, ahí está el abuelo,
a lo mejor él os puede orientar un poco, pero su memoria no es la de
antes, tendréis que buscar vosotros.” -“¡Ya quedan menos obras (dijo la tita Angelina), en los pisos no se pueden
guardar indefinidamente todas las cosas!, poco a poco tuvimos que ir
tirando las que estaban más viejas”. Pasamos. Diego Martín nos presentó a su
abuelo. Íbamos con él, Rosa Estévez y yo. Increíblemente amable
(como los hombres cultos del pueblo y los
buenos aficionados al teatro) quiso levantar sus setenta y ocho años
de la silla para darnos la mano. -No, por favor (no le
dejamos). Hablamos un rato. -No me acuerdo de mucho (nos advirtió). -¿Una obra de la que guarde usted un especial recuerdo? (Pregunté) -Cobardías (respondió), de Linares
Rivas, en el año 45. -¡Quién la dirigió? -Pepe Videras. -Pepe Videras, ¿dirigió
muchas obras en aquellos años? -Sí, casi
todas las dirigía él. -Seguro que tendrá usted
muchas anécdotas de aquella época. -Sí,
recuerdo en «La Pasión», Julico Matías, hizo dos papeles, y llevaba
la ropa debajo del brazo, o uno que hizo de Pilatos y salió con la
palangana debajo del «sobaco». ( Nos reímos a gusto unos segundos). -¡Cuántas cosas interesantes! -Si (me respondió), recuerdo
que teníamos una rondalla y que todo lo organizábamos en el Centro
Cultural Recreativo. -Los demás actores de su época,
¿son también personas muy conocidas en Motril? -Si,
Francisco Carbonell, Antonio Sánchez «el Pisao», Carmela Rodríguez
Torres, Marsilio, María Sánchez, Julio Videras y su esposa que salió
el noviazgo de ahí. (Otra vez, me salió una sonrisa, y me acordé
de Juan López y de Laura Díaz, en una obra de Alfonso Sastre, allá
por 1969, en el Instituto F.J. de Burgos; y de cuando conocí a mi
esposa Inma en una obra de Jordi Teixidor “El Retablo del
Flaustista”, en 1973. Año de clandestinidad política) -Podéis coger las obras que queráis (nos aconsejó). Recuerdo que nos sacaron más de cien obras.
Al tiempo, habíamos encontrado lo que nos hacía falta, La obra elegida
fue “Los Habitantes de la casa deshabitada” de Enrique Jardiel
Poncela. Tenía todo lo necesario para ser representada en unas fiestas
de agosto. Una cerveza, unas aceitunas, y a poco que
insistió nos llevamos más de sesenta obras para “ojearlas con
calma”. La hospitalidad y la cortesía andaluza no era un tópico una
vez más; era una realidad. Qué impresión, ¡Dios mío!, una familia
entera, con tres generaciones, para la que el teatro no era una “pérdida
de tiempo”. Era posible, lo que tantas veces había soñado, era
posible: la colaboración de personas de distintas edades en una
actividad cultural. Había que seguir aguantando pues, a pesar de las
dificultades y de la marginación de los organismos públicos. Ya se
valorará la importancia del teatro, de la poesía y de las actividades
culturales en general en la educación y en el ocio que enriquece. Mientras volvíamos celebrándolo, una idea
retintineaba en mi cerebro: dejar huella impresa de la experiencia de
aquella tarde-noche y de sus sensaciones, y del esfuerzo de quien como
Diego Rodríguez había dedicado parte de su tiempo y de su vida a la
actividad cultural de su pueblo. Y para que se haga justicia así, y su
nombre no sea olvidado, sirviendo de ejemplo y de estímulo a las
posteriores generaciones. Porque la historia auténtica, la
“intrahistoria”, la han escrito siempre gentes modestas y
entusiastas, que lo dieron todo, ¡todo!, a cambio de la satisfacción
de darlo.
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JOSÉ BAENA TERRÓN |
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RESEÑA
ARTÍSTICA: José
Baena Terrón, motrileño. Muy pronto, supo que lo suyo era pintar, creando
obras de arte sobre lienzos vírgenes. Comerciante de profesión, y
artista en sus horas libres. Su estudio de la “Plaza Javier de
Burgos”, ha sido durante décadas, estudio de pintor, tertulia
literaria, taller de teatro, ámbito de encuentro de artistas y hasta
improvisado taller de grabación, donde grupos de teatro confeccionaban
las maquetas musicales para sus representaciones Su
obra es muy prolífica, habiendo realizado varias exposiciones en
nuestra ciudad, la última el 19 de mayo de 2008. BAENA personifica la
independencia en el terreno artístico, al margen de modas y
convencionalismos. Su estilo es personal e inimitable, ya que sus obras
son puras creaciones conceptuales que no necesitan de modelos en la
realidad. Tras una época de clara influencia marítima plena de cuevas
y espacios que tienden hacia el infinito, o al más allá inquietante, y
a veces hasta tenebrista, inicia una etapa más dulce, floral y lúdica.
Actualmente, parece haber
llegado al final de su búsqueda, con personajes que son mera creación
de su genio artístico. ENTREVISTA: En
seguida nos sentimos cómodos en un ambiente de confianza no exento de
extrañamiento, como es propio en la “guarida de un artista”. Pepe,
en su conversación, es ameno y descriptivo, pleno de anécdotas propias
de una vida artística intensa. Hablamos, hablamos, y de pronto, la
primera pregunta. ¿Has
sentido tú tambié esa angustia, ese dolor, que decía Camilo José
Cela, cuando estás creando una obra? Se
pasa mal. En cierta ocasión, en una tertulia alguien dijo que se divertía
pintando. Pepe Sánchez, que estaba allí, le respondió: “Yo lo paso
mal”. Y
le dije: “yo también lo paso muy mal porque hay un
momento…”. Es que es una exaltación, porque hay un momento en que
lo pasas muy mal, porque cuando ves que está la obra nada más que
abocetada… que está que necesita algo para… Después, cuando vas
viendo que la obra va saliendo, pues sí, te da un gozo, pero se sufre
lo suyo. Es que es una pelea,
la creación es una pelea con la inspiración…, con la técnica… ¿Tú
crees que el artista es una persona distinta a todos? Mira
(Se anima), yo creo que todos somos iguales. Tal vez el artista esté más
ensimismado, aunque todos tratamos en nuestras profesiones de transmitir
algo, tal vez el artista necesita transmitirse a sí mismo sensaciones. Y
transmitirlas a los demás, ¿no? Lo
que pasa… la diferencia que puede haber es que los que nos dedicamos
al arte somos… más libres para expresarnos. Un banquero, por ejemplo,
tiene que ser siempre perfecto y convencional en su forma de expresarse.
Yo he dicho todas las tonterías que me ha dado la gana toda mi vida.
Algunos amigos me decían de joven: “estás loco perdío”. Y ahora
(sale ese Pepe Baena irónico consigo mismo), esos mismos amigos me
dicen que siempre he sido muy sensato. “¡Digo!, a la vejez, me vais a
decir que soy sensato”. Yo creo que existe algo (se
pone serio) que te da esa libertad de expresión, quizás…, porque vas
buscando… Yo ahora estoy escribiendo un libro, “Buscando a
Ulises”. Eso…
es toda una primicia. Eso…,
(vuelve su típico autosarcasmo) no habrá quien lo aguante. Digamos que
es buscar el héroe que hay en ti o el personaje que hay en ti.
Entonces, qué mejor que decir que vamos en la búsqueda de un personaje
así, como Ulises. Que si
analizamos la historia… va de tragedia en tragedia. ¿Esa
búsqueda va igual a través de la pintura? Todo.
Es que las búsquedas, es de lo que tú eres capaz de realizar. ¿Tú
necesitabas completarte como artista? A
mí siempre me ha gustado mucho escribir… Es que son dos cosas que van
muy parejas… Lo que yo siento es no saber música, porque me gustaría
escribir canciones. Yo siempre voy cantando... ¿Y
el teatro? A ti el teatro te ha gustado siempre. ¡Hombre!,
también. El teatro está en la vida… y en una tienda… y…
(a su retina acuden sus recuerdos de tendero). Aquí,
en tu estudio, siempre ha habido artistas de todo tipo, actores,
poetas… Si,
el casinillo… ¿Un
artista necesita rodearse de otros artistas? A
mí me enriquece mucho… los amigos que estamos… como Emilio (se
refiere a Emilio Lupiáñez, poeta) y todos los demás (señala a Joaquín
Pérez Prados que se encuentra a mi izquierda). ¿Hay
algún cuadro que siempre quisiste pintar y aún no has podido hacerlo? (Se
va por otro lado) Hombre, algunos me han salido... Uno…, piensa…, en
este he conseguido lo que quiero… Nunca se consigue lo que se quiere.
(Le cambia la expresión y el tono de voz) Te voy a contar una anécdota
de un pintor. Me dice un día: - ¿Qué, cómo va la pintura? Había
estado yo tantas horas pintando un cuadro, que estaba mareado y veía el
cuadro que se movía. Y le digo: -Mira, he conseguido lo que siempre
quise conseguir, que las figuras se muevan, que me hablen. Y el tío se
retiró, me miró y no me dijo nada (nos reímos). ¿Para
ti la pintura actual es un arte incomprendido? Eso
es un problema para el que no lo comprenda, ¿no?
Digo yo.
Claro
que, tenías que haber visto la exposición del Coliseo, es de vergüenza…
¿Y lo que han hecho en frente de la Farmacia de Moyano?, que pasa una
mujer y dice: -¡Hay que ver lo que han hecho aquí los gamberros! ... (Cambiando
de tema). ¿Qué influencia puede tener el Mediterráneo en tus obras? Yo
no había pensado en ello, hasta que un día Lea, aquella extranjera que
vivía en Torrenueva que era muy bailarina (descriptivo, como siempre,
lo que se refleja en su pintura), viendo mi obra sacó ella la
influencia marinera. Entonces hacía yo las cosas más subrealistas, y
hasta la música que escuchaba. En aquel tiempo ponía mucho a Debussi y
Stravinsky. -¿Sabes que eres un poco bruja?, le dije. (Se pone serio)
Hombre, influencia tengo que tener, las grutas que pintaba y todo lo que
las rodeaba es muy “joyero”. Las playas, las rocas…, esa
influencia está
viva en eso. Y después la música, la música es algo que influye yo
creo que en todo. Bueno,
no me has respondido a una pregunta. Me gustaría saber es si hay un
cuadro en tu mente que no has empezado a pintar. Siempre. Uno,
que tú lo sientes. Yo
ideas tengo muchas, tengo de más. Y lo que me dificulta a la hora de
pintar un cuadro es que para mí un lienzo es un escenario vacío y lo
voy llenando… Mira aquel cuadro que tienes allí, no te puedes figurar
la metamorfosis del cuadro (muestra algunas fotos-bocetos de cómo empezó,
cómo continuó y cómo terminó). Y ¿sabes su título?, “Esperando a
Mozart para cenar”. ¿Te
cotizas muy alto? No,
¡qué va! .. ¿Te
sigue emocionando comenzar un cuadro, como imagino te ocurrió la
primera vez? (Dando
un rodeo) Ten en cuenta que cuando uno es joven… Una vez, escuchando a
Rigoletto me quedé traspuesto y yo canté Rigoletto, me sentía en el
escenario. Entonces, cuando eres mayor estás ya tan hecho a emociones
y… como dicen… a amor y desamor que ya las cosas las ves de distinta
forma… Yo creo que cuando eres joven, la juventud, ese fulgor que se
tiene cuando eres joven… Ves…, me gustaría describir todas esas
cosas en el libro que estoy escribiendo. Cuando
esté escrito, me tienes que dar la primicia. (Irónico)
la primicia… es que perdías la amistad conmigo. En un libro, tu eres
libre para poner lo quieras. Es lo mismo que cuando pintas. Si estás
pintando y estás diciendo, ¿le gustará esto a la gente? Entonces te
pierdes. Puede que le guste a la gente, pero… Pepe,
tú eres un pintor de estudio.
No eres de coger el caballete y ponerte a pintar en un puente. Nada,
nada. Pepe Melero y
yo nos íbamos, cuando éramos jovencillos, a la playa, al campo,
y él se hacía unas acuarelas y yo llegaba… y nada. Yo no soy un
pintor de modelos, ni humanos, ni físicos. Lo mío es la creación pura
y simple. Lo que hay en mis cuadros no
había existido antes de plasmarlo yo en el lienzo. No
es una copia ni un reflejo siquiera de ninguna realidad física. (Me
muestra un párrafo de su próximo libro que hace referencia a lo que
hablamos: “Mi
creación es el reflejo de cuantas sensaciones va deparando cada tela,
a
veces, flameando como una llama, y otras, adentrándose en las regiones
inexploradas de los sueños). ¿Qué
te impulsa a crear un cuadro… y otro cuadro… Es
algo que… no sabría decirte… Mira, en una ocasión estuve más de
dos años sin coger un pincel. Me ponía delante de un lienzo… y
nada… era incapaz de pintar… Y de pronto, un día, puse un disco de
Stravinsky, y sin darme cuenta estaba pintando, y me pasé horas y horas
sin dejar de pintar… Y hasta hoy. Una
última cosa, Pepe. ¿El arte puede ser racionalizado, analítico? El artista tiene que abrir su pecho y sacar todos los fantasmas y miserias que hay en él. Cerrar los ojos y dejarse ir. Si lo analizas… ¡Ja!…
Antonio Reyes (enero de 2009)
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| PRESENTACION DE UN LIBRO OBJETO POCO COMUN | |||||||||||||||
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Y a medida que los asistentes penetraban en el recinto fabril iban descubriendo, gratamente sorprendidos, un escenario radicalmente diferente al tipificado para este tipo de acontecimientos. La amplísima sala de máquinas se hallaba tal como quedó tras su última molienda en el año 2006. Escaleras de peldaños metálicos, pasadizos oscuros, altos pasillos, tuberías, cableado, tachas, calderas, enormes ruedas dentadas que en su día machacaron toneladas de cañas para extraerle su dulce jugo. Todo ello a media luz, como la letra de la canción, iluminado por numerosas velitas colocadas en distintos puntos, que le comunicaban un toque solemne. En un lienzo de blanca pared se hallaban expuestos y ampliados textos y grabados del volumen. Pocas veces la preparación y presentación de un libro se ha cocinado tan a fuego lento, pocas veces ha tenido unos prolegómenos tan dilatados para que todo estuviera a punto, para que los detalles encajasen cual complejo puzzle. De esos previos nos podría hablar con fundamento y autoridad su autor-promotor: Colin. La noche era joven y prometía. Desde una pequeña tribuna abrió el acto Eduardo Cruz, director de Radio Salobreña, que glosó de forma magnífica y brillante el contenido del libro. Sus palabras necesariamente tenían que hacer mención al final de una época en la comarca en sus dos vertientes: agrícola e industrial. Y a los muchos secretos y virtudes que guardaba el volumen. El propio periodista, cedió la palabra a Colin que se sinceró con el auditorio, comunicándole las dificultades de todo tipo halladas en la realización del proyecto y agradeció la colaboración de numerosas personas y entidades. La intervención de José Lupiáñez con la lectura del prólogo tuvo un momento doblemente emotivo al recordar la figura, recientemente fallecida, del poeta y amigo, vinculado a La Caleta, Juan J. León. Desde el micrófono se elogió la figura de Darío Portillo, autor de distintos grabados. Y se dio paso a unas palabras del director de la fábrica, Sr. Martín. La noche seguía siendo joven y prometía. Aún restaban dos horas largas en las que tuvieron cabida la lectura de los textos contenidos en tan singular volumen, en el que si uno se interna puede hallar cualquier sorpresa. Por el escenario fabril fueron pasando sucesivamente las figuras, las voces y los textos -versos, prosas, tangos- de Milena Casanova, José Lupiáñez, Mariano Navas Bascuñana, Marian Sanz de Acedo y Joaquín Pérez Prados. Intercalada entre dichos autores sonó, magnífica, solemne, la guitarra de José Fajardo. Se elevó la voz flamenca de Antonio Rabanedas ascendiendo hasta la altísima techumbre de la nave. E intervino el grupo musical de la Escuela de Arte Centar, con la presencia del acordeón de nuestro querido Angel Pacheco, interpretando varias composiciones muy acertadas. ¿Faltaba alguien por subir al escenario? Pues sí, aún estaba por dejarse oír la hermosa voz de una joven interpretando un tema de Los Beatles, que transportó al auditorio a décadas pasadas. A estas alturas la noche iba dejando de ser joven. Y como el frío de la altísima nave cundía, pese a las estufas colocadas a propósito para mitigarlo, al público se le obsequió con un piscolabis y vasito de ron de caña, previo ritual de un cuenco que arde y las llamas se elevan y alzan como por arte de prestidigitación. Este cronista, que se mojó los labios en el licor, puede dar testimonio de que el ron calentito, aderezado con su rajita de caña, estaba dulcemente soberbio. La noche definitivamente dejaba de ser joven y los asistentes empezaban a abandonar la sala de máquinas en la que, sin excesivo esfuerzo de imaginación, podía imaginarse a los operarios manipulando el caldo dulce extraído de la caña. Por unas horas se había hecho presente todo un mundo de recuerdos. A la una de la madrugada cuando los últimos rezagados abandonan las instalaciones, la enorme plaza de las cañas, cual fortín decimonónico, resplandece bajo las frías estrellas. En el lateral sur, al otro lado de los muros, nada hace intuir la vecindad del mar que se agita y canta su solitaria canción.
Joaquín Pérez Prados Diciembre 2008
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Joaquín Pérez Prados
Calificar a Motril de ciudad literaria parece, cuando menos, un desafuero. Así puede resultar a primera vista, si no se posee la dosis de curiosidad necesaria para bucear bajo su epidermis. Pero
dejemos a un lado viejos prejuicios y viajemos por los intersticios de
la memoria a la búsqueda de argumentos que avalen nuestra tesis
inicial. El Tranco: ¿Quién podría asegurar que no se hacía literatura en el breve recinto del Tranco? ¿Lo recuerdan ustedes? Aquel pequeño local que más parecía taller de zapatero en la pendiente de la calle Canteras. Se trataba de un localito recoleto, íntimo, donde uno entraba y enseguida se sentía reconfortado por la mirada de Miguel desde detrás de la barra. ¿Quién podría asegurar, así mismo, que no se hacía literatura oral en las tabernas de la calle Las Cañas? Cuando los hombres regresaban de sus faenas agrícolas y se situaban frente a un vaso de vino. Literatura de lo cotidiano. Literatura del sudor, del surco, del arado, del guano y el estiercol, del almocafre y la azada. ¿Y
las demás tabernas de Motril? Tiempo atrás en ellas podía leerse,
entre la mugre de las paredes y los antiguos carteles de toros, aquel
letrero infame: ¿Por qué prohibirían el cante en las tabernas andaluzas? ¿Era acaso por la mala voz de los cantaores, o por la mala uva del gobernador civil? Paralelo a la calle de Las Cañas existe un callejón: El Callejón de las Flores, donde vivió un poeta casi anónimo, enamorado del oficio de componer versos. Un bardo que asía la vida con tanta pasión, que un día se le escurrió de entre los dedos. En el callejón resta sólo su recuerdo, -un rostro de arcilla adosado a la tapia de cal, unos versos- y una flor que cierta mano compasiva renueva cada poco tiempo. ¿Y
el Teatro Calderón? ¿No atesora en sus tablas innumerables noches de
estreno? Escenas donde afloran a los labios de los actores los más
delicados y vibrantes diálogos. ¿No ha disfrutado el público que
abarrotaba palcos y plateas, estallando en sonoros aplausos en noches de
gloria ante estrenos como el de la antigua zarzuela: "¡Viva mi
Pueblo!"? Siguiendo la línea de costa hacia el poniente, cruzamos el cauce seco del río Guadalfeo hasta el Monte de los Almendros. Allí, en una casita con terraza abierta al mar, vivían J. Martín Recuerda y Ángel Cobo. Y la literatura florecía en los balcones como "Las secas cañas del camino". Literatura descubro en las casas de mis amigos poetas y narradores. Puede decirse que cada centímetro cuadrado de sus paredes se reviste de hojarasca literaria que amarillea en los otoños. Los libros colocados sobre los anaqueles palpitan atentos a la mano cómplice, amiga, que los elige acariciando sus páginas bajo la luz tamizada de una lámpara. Si arañamos un poco bajo la epidermis de esta ciudad enseguida encontramos el magma candente de nuestros antepasados literarios: Francisco Javier de Burgos, Ortiz del Barco, Juan de Ariza, Gaspar Esteva Ravassa, Paco Pérez... Nos imaginamos a esos ciudadanos caminando por la calle catalanes apacentando su halo de literatos y un bloc bajo el brazo para atrapar la inspiración que podía producirse en cualquier momento. En el Faro Sacratif, allá por el medio siglo, se organizaban veladas literarias. Acudían a ellas la flor y nata de la intelectualidad local más otras personalidades que veraneaban en la zona. Entonces no existía el túnel y la carretera se ceñía al monte, enroscada cual serpiente a la roca viva, por lo que viajar en tartana desde Torrenueva a Calahonda era toda una aventura. En aquella plazoleta colgada sobre el mar -proa de navío, osado mascarón hendiendo el mare nostrum-, se desgranaban versos cual perlas bajo la luna, cuyo reflejo marino venía a morir en olitas breves sobre la arena. La noche destilaba el néctar literario en las copas de los invitados. Las damas adoptaban poses afectadas. Servían canapés y galletitas saladas, mientras el levante iba deshaciendo sus peinados laboriosamente esculpidos, y los vates loaban con sus rimas ampulosas las bonanzas y dulzuras de esta tierra. Cuando se hace recuento de lugares y personas uno teme siempre que alguien quede relegado al olvido. Sean estas líneas homenaje a los olvidados de todas las épocas. También dedicadas a los autores anónimos que nunca tuvieron un momento de protagonismo, para los silenciados, represaliados, vilipendiados, exiliados, depurados y caídos en desgracia pese a sus méritos.
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«EL PAISAJE DE LA IMAGINACIÓN MÚSICA PARA UNA DESPEDIDA» |
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VIERNES, DÍA 19:
La finalidad de este Libro-Objeto no ha sido otra que perpetuar la última Azucarera Europea a través
de un soporte nada tradicional (libro-objeto o caja de sensaciones) que en su definición viene a ser
una obra creativa que quiere cumplir una de las Es una edición seriada, limitada, numerada y firmada por los autores.
(Estampación sobre la ONTENIDO
DEL ACTO: ACTUACIONES: Durante la velada sonará el disco integrado en el Libro-Objeto «Música para una despedida» (Miles Davis, Keith Jarret, Penguin Café Orchestra, Vicente Amigo etc.). Se proyectará el contenido del libro y para finalizar se ofrecerá una degustación de Ron Pálido. Lugar: AZUCARERA DEL GUADALFEO
Sala de Máquinas. La Caleta (Salobreña) Más información del contenido del Libro-Objeto
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